domingo, 20 de marzo de 2011

CUATROCIENTAS SESENTA Y CUATRO

Una pareja que caló hondo en el sentir norteamericano y más allende los mares, los llamados Robin Hood de principio del siglo pasado, los nuevos Romeo y Julieta de los años veinte, los años de la Gran Depresión, Bonnie Elizabeth Parker y Clyde Champion Barriow, Bonnie and Clyde.
Fallecieron muy jóvenes, a los 24 y 25 años respectivamente. Se dice, y la historia escrita y quienes les conocieron, que Bonnie, en su vida empuñó un arma o, cuanto menos, en sus 24 años vividos y bien disfrutados, jamás disparó un tiro.
Testigo de esta confesión es el propio integrante de la banda William Daniel Jones, coincidente con las declaraciones de otros estudiosos e incluso la hermana pequeña de Clyde, Marie Barriow, así lo manifestó en un reportaje aparecido en la prestigiosa revista Play Boy.

Retuvo en su mente la nueva cita a la revista del conejo con corbata. Miró el reloj, la iluminada esfera le devolvió una hora avanzada en la noche, 00h 54. Sobre el estante de la habitación, dejó esa historia entretenida sobre Bonnie and Clyde.
Sin encender la luz, apagaba en su mente, lentamente, como el crepúsculo del sol abandonando su día, la portada del primer número de la revista de entretenimiento, sin el conejo con corbata en su primer número.

De manera súbita, como si su espalda hubiera sido alzada por un resorte, despertó en medio de la madrugada. Miró de nuevo el reloj, las 4h48, una gota de sudor, de angustia, se liberó de su frente precipitándose sobre el cristal del reloj nublando las manecillas de la esfera. Llevó sus manos a la cara; su rostro, como recién salido del agua, almacenaba la exudación de sus poros.
Palpó su pecho, de cintura para arriba, desnudo sobre la cama, la serosidad era un hecho palpable en sus manos. Abandonó la cama mojada de su cuerpo, se dirigió al ventanal, en ese ángulo oscuro de su habitación donde oteaba, sin ser visto, el movimiento de la urbe en sus horas de ocio, detrás de él quedaba la  huella de sus pies descubierta por el reflector del neón intermitente que anunciaba la bolera y el hotel frente a su habitación.

Pasado unos minutos, desnudo en el calor de la noche, su silueta en el trasluz, lanzaba su sombra alargada más allá de la estrecha calle, disimulada por el ir y venir de las aspas del viejo molino multicolor, la sala de varietés donde más de una tarde pergeñaba  sus guiones para esas revistas eróticas que le mantenían vivo en el día, a la espera de la llegada del salto mortal en la finalización de su novela, la que, años después, ganaría el premio Satélite  de la editorial del mismo nombre.
Segundo a segundo, llegó a su memoria el despertar brusco en pesadilla con sudor, es decir, con la ayuda de esa luz entre violeta burdeos que se infiltraba por el alféizar del gran ventanal, como despertar del alba, a la inversa del crepúsculo solar que apagó la tarde de ayer, iba descorriendo y descubriendo la culpable de su sobresalto en la madrugada.
La culpable de su ensueño, quedó desvelada, desnuda, como él mismo se encontraba delante del  ventanal, enfrentándose a su desnudez reflejada en el cristal.
Frente a sus ojos, se erguía el hotel, la calle silenciosa parpadeante de luz en la madrugada, hacía de frontera divisoria entre su vivienda y la habitación número 147 del hotel. El flas intermitente de neón, iluminaba su rostro a modo de  intermitencias cual faro oteador, recordando aquella tarde, noche y madrugada del último día del año.
Declinó la vista a la derecha del hotel, mirando en dirección a la montaña, más a la izquierda, la entrada del cinema y la bolera, mantenía la misma fisonomía y nombre, no así las diversas funciones de la propia sala Novedades.
Desaparecido la bolera, las bolas de remate, como arrastrando su agonía, habían acabado con la sala de proyección, donde escondían sus horas antes de retirarse a la habitación 147 del hotel, cuando Ella visitaba Barcelona.
Esto ocurría unas cuatro, máximo seis veces al año. Aquella tarde, último día del año, descartaron refugiarse en la sala Novedades, más que la sala, descartaron la película en cartel “La Menor” de Pedro Masó, un drama donde una millonaria huyendo de su país e instalarse en Madrid, sería acusada de asesinato. La trama era interesante, pero los actores, excepto la presencia de Teresa Gimpera, su mirada y sus largas piernas eran sobrados motivos para calentar el ambiente de la fría tarde de ese 31 de Diciembre de 1976.

Ella le respondió que sí, -donde tú desees amor- le contestó Ella a la pregunta de acercarse al cine Aquitania, entonces llamado de arte y ensaño, por, en la mayoría de los casos, el subtitulo de las películas que a bien tenían proyectar. Entonces, en esos años de mediados los setenta, digamos, vestía mucho las visitas a los cines de arte y ensaño.
Sentía una debilidad por la actriz, una de sus fetiches, le decía Él a Ella susurrando su nombre.
En esa película que visionaron con subtítulos, Charlotte Rampling, estaba soberbia, provocativa, entregada, erótica, sensual, atrevida, lujuriosa y un sinfín más de adjetivos que provocaban en su interior un río de sensibilidades orgásmicas. Unas emociones que desenfrenaría, con la complicidad de su amante, en esa habitación 147 del hotel frente al cual, en esta madrugada, le devolvía la imagen de aquel 31 de Diciembre de 1976 en la sala Aquitania, en aquel instante en que Dirk Bogarde, sentado en aquel sillón de piel negra, observa como su amante, Charlotte Rampling, va despojándose de sus ropas de una manera lenta y sensual, provocando en esos instantes de fotogramas en “Portero de noche” que más de uno de los espectadores, dejáramos de leer los subtítulos y centrarnos, centrarme, en esa mirada, en esos ojos de encendida belleza. Ella, la protagonista de la película, Charlotte Rampling, más adelante, de esa acción, recoge los dedos de Dirk, índice y corazón, y se los mete en la boca tan lentamente como lentamente salen y vuelven a entrar en su boca mojados de placer. 
En un momento de la película, ella, Charlotte, se encuentra en un teatro presenciando un concierto dirigido por su esposo, cuando descubre una fila detrás de ella, a su amor de ayer, a Dirk Bogarde en este nuevo tiempo de sus nuevas vidas, él, a la sazón “Portero de noche” del propio hotel de alojamiento de Charlotte.

Ese día, 31 de Diciembre de 1976, en esa sala Aquitania, una fila detrás de donde se encontraba Él con su amante de ayer viendo “Portero de noche”, exactamente en la butaca número 8, la misma butaca que ocupaba Dirk Bogarde presenciando el concierto dirigido por el esposo de Charlotte Rampling, sintió como una mirada procedente de esa fila marcada con el número 8, no dejaba de observarle.
Al encenderse las luces de la sala, ella, la propietaria de esa mirada en la butaca 8, había desaparecido, como desapareció Dirk Bogarde el día del concierto donde volvió a encontrarse y descubierto por su amante de ayer, una Charlotte Rampling que estaba más pendiente de esa mirada detrás de ella que del concierto, como yo estaba pendiente, cinematográficamente viendo, de su respiración, ese subir y bajar de su pecho, esa respiración anhelante donde parecía que sus moldeados y exquisitos pechos, iban a liberarse de un momento a otro.
Antecediendo a su amante, se acercó a la butaca número 8, recogiendo un papel a modo de tarjeta que introdujo, rápidamente con disimulada y maestría audacia, en su bolsillo izquierdo de la chaqueta.

Pronto iban a dar las doce, con esos doce gongs se daría paso al Nuevo año. En el hotel les esperaba la cena de despedida del viejo año y la despedida de su amante, que saldría de la ciudad Condal el primer día del año hacia su ciudad natal, Sturmer, la misma localidad de nacimiento de  Charlotte Rampling, principal causa en seleccionar la película “Portero de noche” lo que les daría hilo esperando la cena y contar otras anécdotas en la persona de una de sus actrices fetiches.

El comedor del hotel reinaba un jolgorio ambulante, las voces de los comensales se confundían con el restallar de las cucharas sobre el plato sopera a la caza del galet flotante en la sopa.
Su mesa, para dos, quedaba algo retirada del bullicio, en ese ángulo recto entrando en el comedor a mano derecha, junto al ventanal que vomitaba su luz sobre el asfalto de la calle Caspe.
Hicieron un alto en sus miradas, afirmando la respuesta de las mismas. No les fue difícil presentar una excusa al maitre y retirarse a la habitación 147 antes de que dieran las doce uvas o doce campanadas en conexión directa con la Puerta del Sol en el Km. 0 de la capital española.

A la vuelta del cine, la idea, como un relámpago, a propuesta de Él, paseo por la azotea de Ella, de su amante, sin cogerla al vuela, sino instalándose en su cabecita, la dejó ahí, pululando en su mente por si la helada noche enfriaba la propuesta. Al cruzar el Paseo de Gracia hacía la calle Caspe, Ella, enlazadas sus manos en el brazo de Él, le dijo que estupendo, que deseaba realizar esa idea. En un principio, no entendió esa respuesta, durante unos segundos, los segundos que tardó el semáforo en cambiar de color, la miró a los ojos, sonreían, Él no esperó la explicación, pues esa sonrisa delató la idea que, a viva voz, le propuso a su amante.
Ella marcharía a su país al mediodía del primer día del Nuevo año. Poco antes que dieran las doce del viejo año, no esperarían al ritual de las doce uvas para pedir las nuevas buenas para el Año Nuevo. Una vez interpretaba la sonrisa y sus miradas, deseaban despedir el viejo año y recibir el nuevo año dentro de Ella y Ella sentir como Él se hundía en Ella.

Hicieron el amor esa noche, cuatro minutos antes del primer gong campanero, después de preliminares y sensuales juegos amorosos, el pene de Él se introducía en el sexo de su amante embistiendo compasadamente el imaginable tantán en replique de campana más allá de las doce, excitados, el chup chup de sus sexos delataba el brindis sin bullicio en recepción del Año Nuevo. Su amante, encima de Él, galopaba como amazona furiosa viendo como se acercaba a la meta. Las manos de Él, asidas a la cintura de Ella, ayudaban a seguir el trote en desenfreno orgásmico y lujurioso notando como la verga de su amante espumaba, como descorchada botella de cava, la celebración del nuevo año dentro de Ella.

No fue el sonoro ruido que provoca el descorche de una botella de cava quien despertó su ensueño, ni el recuerdo de aquella última noche del año 76 con el nacimiento del Nuevo Año 77 que provocó su despertar bañado en sudor, sino la presencia de ella, la propietaria de la butaca número 8 del cine Aquitania.

Desnudo, frente al hotel protagonista aquella noche de amor en un acto ininterrumpido de un año a otro, recordó aquella noche sin dormir, pero la imagen que reflejaba el espejo no era la suya, sino la de una mujer.
La noche y la tenue luz de neón, desfiguraba su rostro, devolviendo el espejo la cara joven y sonriente tarareando “Tomorrow is a long time” y ella, la mujer número ocho asida al brazo de él siguiendo el ritmo de “Mañana es mucho tiempo”.
Aquella tarde enlazaron otra tardes, otros días queriéndose parecer a Suze Rotolo enfilando la Rambla barcelonesa, enlazando con sus brazos a su amor Bob Dylan, inconformistas del tiempo presente. Soñaban. Emulaban.

A medida que sus pupilas se acoplaban a la luz de neón, la imagen de la mujer, nítida, tenía nombre y número. El número, elemental, era el 8 y el nombre de la mujer, me perdonaran los lectores, lo designaremos con la inicial  T  de te deseo.
Han pasado los años, muchos, pero sigo queriéndola allí donde esté.

La luz de la noche iba muriendo, despertando un nuevo amanecer. Más tranquilo, deshojando y descifrando esa angustia que sobresaltó su sueño, sin necesidad de mirar hacia atrás, observaba el cuadro tras él,  esa cama de dos metros reflejada en el  cristal del ventanal, donde descansaba su amante, desnuda, ovillada entre guiñapo descompuesto de la sábana.
Miró el reloj, marcando sus manecillas las 6 de la madrugada, a esa misma hora, doce horas antes, observó desde el mirador que difuminaba su desnudez la ligereza de su amante cruzando el Paseo de Gracia, enfilar, lado montaña por la calle Caspe. Disimuladamente se entretuvo un par de minutos frente a la ruina centenaria de la emblemática tienda paisajista de Barcelona Gonzalo Comella, su fundador, si levantara la cabeza reñiría de mejor grado a su quinta generación. La placa centenaria conmemorando su larga vida, primero establecida en Nou de la Rambla, más tarde en Cardenal Casañas y ahora, esa tienda que formaba parte del mobiliario modernista urbano de Barcelona, vendida al mejor postor,  dejando de ser escaparate de la propia ciudad y coqueteo escaparate de su amante. Después de un gesto contrariado, desilusionada, admiró su silueta delante de los espejos de Felgar, observando a través del espejo el reflejo a su espalda de su amor, observándose al mismo tiempo uno al otro, sonriendo, Él, desde su atalaya dos pisos por encima del teatro Tivoli a su izquierda, Ella, pizpireta delante del espejo de la tienda no menos emblemática de la zona.

Vestía una hermosa falda roja, por encima de las rodillas, con vuelo, adherida a las caderas, como si dejara mis manos en su cintura bailando al son de “Baila conmigo hasta el fin del amor” en la voz de Leonard Cohen, esa falda marcaba sus formas, como las olas marcan el contorno de la playa en la hora del sol de poniente. Su mano derecha, pintadas sus uñas a juego con el color de la falda, componía y atildaba su melena leonina de color del azabache, esa melena que envolvía mi excitación cuando ella, como amazona desenvuelta, trotaba por la travesía de mi cuerpo hasta el fin del amor.
                                                                                     
Desnúdame.- susurró su voz más femenina y sensual que ayer.
La desnudé sin prisas, recorriendo mis dedos la fina tela de su vestido. Deseaba sentir el tacto adherido a su piel, sentir, por encima y por debajo el roce de su tela y la percepción de su piel. La pequeña cremallera de su vestido, abierta, deslizó la prenda a sus pies, dejando el cardigan ceñido y escotado marcando su talle y sus perlas nacaradas blancas bajo un sujetador en discreta y atrevida picardía.
Mi boca, pegada a su boca; mi lengua repasando el arco de sus labios; mis brazos asidos a su cintura liviando su cuerpo un paso hacía atrás fuera del circulo del vestido rojo que enmarcaba nuestro abrazo.
Dejando que sus hábiles maneras desprendieran mi pantalón, notando la caída del mismo al ruido de la hebilla sobre el parket, dejándome llevar un paso a la izquierda en horizontal, al tiempo que susurraba en mi oído, baila conmigo amor.
El cardigan dormía sobre mi jersey y nuestros pasos en música de amor, sin dejarnos de acariciar y jugar nuestras lenguas, había llegado a la frontera sin visado de la cama, una cama de dos metros bien conocida por Ella, mi amante.
Al llegar a la frontera de la cama, le entusiasmaba el juego placentero previo al acto sexual, sin prisas y, a veces, sin penetración falica en su vagina. Se deslizaba bajo la sábana, vestida únicamente con sus medias negras, el sujetador coqueto donde sus cerezos rosas señalaban erectos pezones bajo su transparencia y la respiración anhelante de sus pechos buscando la libertad. Por encima de sus medias negras una simpatica blonda ajustada de las ligas, coronando sus medias bien prestas a sus muslos, se asomaba una braguita, tipo tanga, dibujando la fina raya en separación de sus nalgas blanquecinas por un frío invierno, ese dibujo se extendía en su parte frontal en forma de triángulo, vistiendo un desnudo monte venusiano luminoso, claro, limpio, ralo; coincidiendo, no en el todo espeso, con el sexo masculino de su amante.
Primero las medias bajando por el tobogán de sus piernas, ligas y blonda; luego la liberación de su pechos, dejando a la luz de la tarde, esos faros encendidos de sus pezones, para lanzar al aire la diminuta prenda negra de su braguita.
El abrazo caliente de dos cuerpos, desnudos, desvistió la cama de la protectora sábana, susurrándonos palabras de un tiempo de silencio en nuestras vidas. Un silencio falto de amor. El paso de las palabras llevaron a nuestras manos y piernas al quiebro laberíntico de nuestros miembros, buscando cada escondite donde recreamos repetidas escenas.
La yema de mis dedos se mojaron de sus jugos, no importaba que el desagüe encharcara la sábana, no importaba que la olas sobre el rompeolas de nuestros cuerpos, bravas y audaces, rompieran en gritos de placer el silencio de la habitación. Solo importaba el encuentro, importaba el hecho que las palabras hubieran sigo, primero, las protagonistas del amor, luego la escena de este amor y siempre el gozo y deleite de su sexo avivado y prendido por mi sexo hasta el desbordamiento en ríos de lava.

Así es como repasaba el encuentro con su amante en la hora amanecida tras el cristal de su ventanal.  Recreando esas escenas, la naturalidad le llegó con una nueva erección. Se miró y miró hacia la calle sorprendiendo su sonrisa en el cristal.
La claridad de un nuevo día inundaba la estancia.

Notó el cuerpo desnudo de Ella sobre su espalda, Sus pechos, calientes, se esparcían en descanso en ambos laterales de su dorso y su bajo vientre se acopló cosquilleando el culo saliente y bien formado, como le gustaba decir a Ella, al tiempo que sus manos, en abrazo delantero, despertaban de nuevo el pene de su amor.

En que piensas.- susurró Ella besando su cuello.

En Jeannette.- respondió su amor.

¿Qué? En quien, ¿Jeannette? Oye chico guapo, que yo no soy Jeannette.

No no, digo que estaba pensando en Jeannette Herger y su amante Schnitzler

Me lo cuentas o me lo escribes.

Jeannette Herger y Schnitzler amantes vieneses (la historia puedo contártela otro día y quienes eran, también, pero ahora procede del porque pensaba en Jeannette)  que en el transcurso de 1888 a 1889, en la suma de un justo año, hicieron el amor 464 veces.

Él notó como las manos de Ella, asieron con destreza la cintura de Él, dejándose llevar.

¿Dónde me llevas?

Antes de que acabara de pronunciar la palabra llevas, su cuerpo desnudo besaba la placida cama revuelta en batalla amorosa de hace unas horas.

Ella se apresuró a vestir el cuerpo de su amante en mil nuevos besos en el nuevo día amanecido, susurrando, entre beso y beso y caricias de sus manos con la complicidad de sus pechos.

Ocho ¿te gusta el número? Bien, ocho es un número que queda explícitamente mencionado más arriba de este encuentro y ocho es, un número que rima con tu esplendoroso oasis de ausentes palmeras y fértil agua.

Tan solo nos quedan 456, cariño, y nueve meses por delante.




4 comentarios:

Shang Yue dijo...

me gustaría miraros por un agujerito, a ti y a tu Juliette

alucinar en vuestra historia y regresar a mi película

donde el narrador ya tiene su papel de coguionista

Amie dijo...

Un amanecer delicioso , como lo es tu blog . Un placer leerte

Tara dijo...

me quedé con lo más trivial, con el rojo de la falda y con esa foto de Dylan

recreando a los dos amantes por las callejuelas de esa barcelona casi aún de blancos y negros, y donde ese rojo pone la pasión, el deseo, el amor

(por cierto, ahora mismo yo también llevo mis uñas pintadas de rojo)

Aniki dijo...

Muy bueno, Germán. Todo un relato con variados ingredientes. La escena erótica parece muy real, ¿eh? Bueno, siento decirte que nunca pinté mis uñas de rojo. Yo soy más de manicura francesa.

Besos.